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domingo, febrero 21, 2010

:: En la Iglesia de Guadalupe ::

En la Iglesia de Guadalupe (15)

Salimos maravillados de Chiapa de Corzo con retorno a San Cristóbal, el tour había finalizado. Al llegar a San Cristóbal (tal vez a las 3:00 de la tarde) sorprendentemente nos dimos cuenta que el entorno climático estaba exactamente igual que cuando llegamos: Nublado, viento tranquilo pero frío, temperatura muy baja y apta para provocarnos exhalaciones de vaho moderado, y esa dura sensación en las manos acompañadas con esa temblorina dental con sonido de castañas.

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Al salir de la agencia lo que hicimos fue caminar un poco para confirmar que poco había cambiado en la ciudad desde nuestra llegada; y, al detenernos en una esquina del parque, nos recordamos mutuamente un plan que en la mañana nos habíamos formulado pero que por cuestiones de tiempo no hicimos (y ahora era la gran oportunidad), me refiero a ir a visitar la catedral de Guadalupe.

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Estábamos parados en la esquina, recalco; y allá en el fondo de un enorme corredor o callejón se vislumbraba sobre una escalera simétrica, su estampa. Debido a la neblina y a la densidad del viento apenas se distinguía, parecía muy lejos; lo que nos llenaba de emoción porque sabíamos que sería exquisito pasear y atravesar toda esa línea colonial para poder llegar a ella. Así, nos dirigimos caminando a paso lento hacia ese monumento a la belleza, la vista cada vez más se descubría maravillosa.

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Mientras caminábamos pudimos observar diversidad de hoteles, restaurantes y estilos gastronómicos, bares, hostales, cafés, pizzerías, comedores, tiendas de artesanías; etc… No sé qué tiempo nos tomó recorrer este callejón, pero a cada paso que dábamos nuestras sonrisas friolentas y tembladoras asentían y se enamoraban del estilo de vida tan cautivador que se da en San Cristóbal; tanto que el tiempo no parecía en realidad relevante.

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Después de recorrerlo y llegar al pie de la escalera (bastantito alta) de la iglesia, la subimos con ritmo lento y planificado; vaya que esta ciudad tiene muchas zonas en las que debes esforzarte para llegar, y una vez en la cima, viramos hacia atrás sólo para ver qué tanto habíamos caminado; el paisaje era simplemente hermoso. Decenas de turistas, al igual que nosotros, se embelesaban del ambiente de esta parte de la ciudad, no temían admitir estar maravillados y extasiados por encontrarse ahí; en realidad no me sorprende, y si algún día estuvieras aquí, sé que tampoco a ti te sorprendería; porque sentirías exactamente lo mismo que todos nosotros…

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La estampa de frente a la Iglesia se antepone, es verdad; de momento no sabes si entrar o no; miradas de algunas personas no se quitan de tu presencia y actúas con mesura y respeto por lo que se ofrezca. Sigilosamente, quizás un poco más que al haber entrado en la Catedral de San Cristóbal; avanzamos en los mosaicos que a cada paso sonaban fríos y firmes, esa dureza característica de los espacios en donde mucha gente suele caminar y otros suelen ser cargados en ataúdes.


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Dentro de ella, sólo había una mujer rezando, la observamos con cautela y una vez más presenciamos la devoción que aún se vive dentro de nuestra cultura mexicana; esa cultura llena de tradiciones y de fe que nos identifica mundialmente. El interior de la construcción es tibio, no sé si es por la mezcla del clima frío con el calor de las velas y el encierre de la temperatura; pero es tibio. De ahí, el estilo es muy parecido a otras iglesias de San Cristóbal en cuanto a la distribución de los santos, el estilo de las bancas, los acabados y las pequeñas capillas para los respectivas sagradas imágenes.

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Mantuvimos silencio y presencia en el interior por unos minutos. Poco a poco iríamos saliéndonos por el costado de la Iglesia pero cuando reparé en ello me di cuenta que estaba ya solo ahí dentro; desde afuera escuché “¡Pss, Pss! Ven a ver esto…” Y salí un poco más apresurado de lo intentado. Afuera, al lado de la iglesia, se extendía a lo lejos la parte verde de San Cristóbal. Justo a unos metros, encontramos una especie de mirador que nos obsequiaba una de las vistas más hermosas del día.

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Esta parte de la loma (así le digo a toda parte alta en cualquier ciudad) nos permitía ver más allá en la extensión territorial de San Cristóbal, mientras el viento nos punzaba en las mejillas y mientras, para evitarlo, volteábamos y regresábamos la vista hacia la Iglesia, de cuyo exterior también nos maravillamos, a pesar de las manchas urbanas de quienes poco aprecian las bellas expresiones de la humanidad a lo largo de la historia. Observamos las diversas relieves que también componen a San Cristóbal, el estilo de sus casas, sus calles y su vegetación tan notable; en una parte, a lo lejos, se podía distinguir de entre la vegetación y la urbanidad, la Iglesia de San Cristobalito.


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Estuvimos en el mirador, apreciando y agradeciendo la oportunidad de ver lo que hemos visto, de caminar por donde lo hemos hecho, de tocar lo que hemos tocado, y sentir lo que hemos sentido…

“Dicen que el silencio es la voz de los Dioses, y el viento está en el interludio del sonido y el silencio… El viento nos habla, nos dice en voz baja, casi en silencio y en un lenguaje natural que vamos perdiendo poco a poco; que alimentemos nuestro espíritu, que seamos como él, que seamos libres de ir a donde sea, que fluyamos con delicadeza y que nuestro paso, a pesar de ser efímero, sea notable. Así mismo es el viento: En cada murmullo lleva un consejo, y en cada ventisca un grito que te impulsa a seguir y a que despiertes y busques aquello que deseas sin importar qué tan lejano parezca. Si entonces el silencio es la voz de los Dioses, el viento, el viento podría ser la voz de los espíritus…”


Maravilloso, en serio. Y el hambre reapareció. Era algo tarde, debíamos comer; y bajamos para regresar por ese callejón que con anterioridad ya habíamos minuciosamente revisado para conocer el lugar idóneo para tomar los alimentos. Fue una decisión algo difícil, todo era tan exquisito y tan colorido, que tomamos nuestro tiempo para decidir bien. Pero antes de eso, de regreso aún de la iglesia, al bajar por el otro costado de la loma nos llamó la atención una casa bellísima, pintoresca, y con diseños propios de un panal…

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Hay cosas tan hermosas que tenemos en frente, que sólo requerimos de un par de segundos para identificarlas…

Aquí la galería:


Y a tí... ¿Te gustan los miradores? ¿Por qué?

3 comentarios:

ѕocιaѕ dijo...

cuantas escaleras, cuantos colores, se ve que es un lugar tan acogedor, se antoja estar ahi aun cuando este frio.
Me gustooo!
saludotes

MIN... dijo...

cada vez que voy a san cris quiero ir a ese lugar.. pero por una u otra cosa nomás no se me da...

llevame.. llevame... llevame...si??

Eduardo Robles Pacheco dijo...

ѕocιaѕ:
Sí, San Cristóbal es un lugar delicioso; hace un clima exquisito, en serio; y la vida allá es tan rica y tan tranquila. Estar ahí es una bendición, y el frío, lejos de alejarte, provoca que te quieras quedar mucho más tiempo…
Saludotes!


MIN...:
Bueno, por lo menos has ido a San Cristóbal y sabes a qué me refiero jejeje…
Claro que sí, es cosa de ponernos de acuerdo cuando haga mi tour por tu residencia y de ahí te rapto y nos vamos a trotar en las escaleras =D!
Besos!


Gracias por sus comentarios XD!

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