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viernes, mayo 25, 2012

:: En "Las Garzas", Suchiate ::

Las Garzas (07)

Domingo, 20 de mayo. De pronto, caminábamos en medio de un sendero plagado de matas de plátano —vaya Dios a saber si todos machos— a la izquierda y a la derecha, con frecuentes áreas llenas de bambúes verdes que altos sólo se reían de nuestra “chaparrez” y que de vez en cuando estructuraban área de descanso para los trabajadores o los viajantes; una cosa realmente práctica. ¿Habrían llegado éstos verdes delgados ahí así nada más o por mera obra del hombre? Y más adentro de los matorrales de bambú, durante todo el camino, estaba la tierra colorada que terminaba sumergiéndose de inmediato en el cauce del río Suchiate, cuyo color marrón (por las lluvias recientes, que por cierto, en dicha mañana amanecieron Tapachula) dividía la geografía y nos separaba del otro extremo, Guatemala; cuya naturaleza verde era muy parecida a la de nuestro lado, sólo que con un poco más de álamos y menos bambúes por algún motivo; y quizás con menos bayas azules, sí, azules…

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No era extraño que se viera un poco más ancho y diferente el río, según los lugareños. En el 2005 el huracán “Stan” hizo de las suyas y era tanta el agua que arrastraba que se desbordó y ensanchó a tal grado de quedar finalmente reducido a su actual dimensión, sólo que movido, sí, en otro lugar —más para acá, para México—; cortando un poco del territorio nacional y provocando severas pérdidas para los campesinos y habitantes de este ejido nombrado como Miguel Alemán, en el municipio de Suchiate.

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Sí, pues que según la ley, el límite geográfico entre México y Guatemala es estrictamente la línea del río Suchiate, luego entonces había que regirse por dónde pasaba, aunque ya no fuera el mismo lugar que antes, y aunque los agricultores perdieran partes de sus tierras a causa del desbordamiento, nueva ubicación, y forma del río. Pero talvez el Gobierno les ayudó un poco y les pagó algo de lo perdido, pero al río ¿Acaso alguien le dijo algo? “Pase usted don Suchiate, que al cabo se ha comprobado que ante estas situaciones de desastres naturales, lo mejor es apartarse lo más lejos posible y esperar a que pase usted sin mayor problema…

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Y luego del sendero, y de sus variantes tonos verdes de vegetación; llegamos a “Las Garzas” o según el caso e información que pueda recibirse, a “Brisas del Suchiate”, lugar en donde desemboca el río para unirse con el Océano Pacífico y cuya fama resulta del advenimiento y convivencia de estas aves marinas blancas con el hombre. Habían pasado ya muchos años, algo era diferente. El marrón opacaba un poco la primera impresión pero era entendible que era por las lluvias. Los peces pequeños “cuatro ojos” (Anableps anableps) no dejaban de saltar cerca de la orilla, mientras más adentro los grandes (cerca de 25cm de largo) no cesaban en dar saltos enormes mostrando sus largas y curiosas anatomías.

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Un grupo de pescadores amablemente nos preguntó si deseábamos pasar al otro lado, allá donde sobresalía una barra que de este lado tenía el agua tranquila de los manglares, y del otro se daba de topes con las olas del Pacífico. ¿Cómo negar tan inmejorable situación? Allá fuimos, a encontrarnos con los pescadores y con varias lanchas varadas en la arena. Al desembarcar le encontré cierto parecido con la Barra de San José; sólo que aquí, en “Las Garzas”, se tenía un par de cosas destacables: En primera, que a escasos metros, cruzando el estrecho entre ambas barras, ya estaba pisando suelo Guatemalteco. En segunda, aquí la mayoría de pescados eran robalos, cuyos tamaños y métodos de pesca diferían por mucho a lo que yo tenía por entendido. Vaya que fue toda una sorpresa…

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—“Aquí estaba diferente pero lo del Stan cambió mucho el desembocadero. Hoy tenía quehacer en la casa pero mejor me vine aquí a estar ¡Cómo no traje mi sartén y mis cosas para preparar aquí algo de comer! La gente luego se pone aquí a preparar lo que ha pescado y come, así como el señor que vimos allá a la orilla del manglar. Casi a diario se viene y se pesca. Hay ocasiones en que nos quedamos toda la noche pescando y se pone bien bonito porque varios están aquí con sus redes y se quedan. Un robalo así como esos, vale como unos cuatrocientos, quinientos pesos quizás…” Y él llevaba seis ya, iniciando la pesca a las once de la mañana y dejando la barra a las cinco de la tarde.

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¿Y qué ha pasado con las garzas? Durante la tarde no hubo muchas en realidad, si acaso pudimos ver un grupo de 15 de ellas en un extremo de la barra del lado Guatemalteco. Ha cambiado, supongo; pero sí las hay. Y de vez en cuando se desprendían de la agrupación para trazar sus líneas de vuelo cerca de la parvada, o en raras ocasiones lejos, no tanto, pero lejos.

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Al no poder estar frente al mar vivo, sea por lo bravo, sea por lo marrón, o sea ya porque había pescadores; caminamos por este lado de la barra y nos quedamos junto a un tronco varado en el agua tranquila, también ella de color marrón, y fresca a cada cierto tiempo, cuando la marea subía y las olas lograban entrar por el estrecho y enviarnos unas corrientes recién formadas, para variar. Y entre el paisaje y la fauna, presenciamos una tarde de domingo al compás de lanchas que iban y venían, pescadores que a pie cargaban sus redes o la cosecha recién arrebatada al mar, y el son del oleaje que apenas dejaba escuchar la sinfonía de muy pocos motores atravesando su cuerpo.

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La amabilidad de las personas determina la curiosidad de conocerles cada vez más; no en pocas ocasiones pude ver la cortesía que se nos brindaba a nosotros, los recién llegados, por parte de los lugareños. Los pescadores, los viajeros en lancha y todo aquel que al paso nos encontraba, amablemente ofrecía un saludo y una ayuda en lo que pudiese necesitarse: Unos jóvenes posaron para la cámara sin pena ni recelo, un caminante me ayudó a incitar a un cangrejo a abandonar su guarida para poder tomarle fotos (y una vez obtenida la misión, se retiró alegremente), la pescadora y sus compañeros nos ayudaron a ir de principio a la barra, varios pescadores nos mostraron sus ejemplares obtenidos e incluso bromeaban sobre hacerse un retrato con su cosecha, un niño se ofreció a mostrarnos la dimensión de uno de los robalos; y para nuestro regreso, “Don Lalo”, hombre ya con historia de vida de pescador en estas aguas bajo la hermandad de las olas y conocido por todos al parecer, nos brindó un lugar en su lancha y nos devolvió a la orilla, allá en donde empezamos a conocer este lugar. Y luego de despedirnos, regresábamos al pueblo; y ellos, a la mar…

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Y así, el día iba terminando...

Con gusto, les comparto la galería:

2 comentarios:

Elmer Aquiahuatl dijo...

Eres una riata Robles.

Eduardo Robles Pacheco dijo...

Elmer Aquiahuatl:

Jajaja! Gracias Elmer XD!

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