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miércoles, marzo 11, 2009

:: "Las tres piedritas" ::


En cierta ocasión, Lacho y sus amigos se fueron a caminar por todo el cauce de un arroyito que pasaba a orillas de un poblado, allá en el municipio de VILLAFLORES.

Era una tarde de Abril, tarde transparente, el cielo estaba límpido, las nubes semejaban pompas de algodón, eran tan blancas que parecían espumas con fondo azul. A lo lejos, en la serranía se observaba nuboso, encalinado. La sierra se veía gris, los robles tenían un color tostado, estaban cubiertos de una neblina que acentuaba más el calor de esos días.

Era el mes de Abril, los pájaros empezaban a construir sus nidos en las puntas de las ramas de los árboles. Señal que el año agrícola sería bueno, que las lluvias vendrían oportunamente y que serían suficientes y moderadas y no se registrarían ciclones en todo el año; los árboles festejaban a la primavera mostrando sus estrenos confeccionados con hojitas nuevas, los toros en trillado rastrojo bramaban y llamaban a las vacas, con el bramido propio de un macho de su especie que llama a su hembra en víspera de la temporada de celo; el garañón también relinchaba de júbilo después de haber correteado a la potranca; uno que otro campesino acudía a su parcela para dar un último vistazo a sus alambradas y trancas de puertas de acceso, en espera de las primeras lluvias; otros más iban a requemar el rastrojo o a saborear una que otra taberna de mata de coyol, que constituía el refresco de la temporada.

Los árboles engalanaban el cauce de aquel arroyito que bajaba de las montañas y era tributario del río “El Tablón”, río de SUCHIAPA; con las flores propias de la estación en donde las abejas se daban prisa en recolectar el polen y néctares de las flores, para almacenarlos en las celdillas de sus colmenas y madurar sabrosa miel.

Las chicharras asidas a los árboles dejaban escuchar el sonsonete de sus monótonos cantos, haciendo de aquel medio un ambiente ruidoso, estentóreo, pero muy agradable porque le daba el sello propio al mes de Abril…

En muchas cercas de alambrados se miraban con deleite el jocote maduro, fruto propio de esa temporada; la chachalaca ya buscaba sitio para el nido en los bejucales más tupidos; la ardilla ya se trepaba al manguero en busca de un mango sazón y el llamanorte ya dejaba oír su canto en un amate verde.

Lacho y sus amigos iban pescando y recolectando todo lo que encontraban en las pocitas más hondas o bajo las piedras de aquel arroyito. Todo cuanto encontraban lo depositaban dentro de un morral. “Cueveaban”, tiraban de machetazos, golpeaban una piedra con otra, removían la piedra golpeada y así iban llenando el morral con el producto de aquella pesca y recolección, que consistía en: “Shutis” (caracol de río), mojarritas, sardinas plateadas, truchas, charales, largueros, anguilas, bagres, topotes, cangrejos y pigüitas.

Mientras iban pescando, Lacho y sus amigos iban echándose uno que otro trago de tequila y platicando animadamente.

Llegaron al cruce de un camino, se desviaron por él, se encaminaron de regreso con rumbo al poblado, a la cabecera ejidal; pero antes llegaron a la casita donde vivía una ancianita, una viejecita que estaba sola y que ella se bastaba para hacer sus quehaceres domésticos.

Los amigos se detuvieron allí, pensaron en cocinar el producto de la pesca y comprarse unas tortillas y cenar en aquel ambiente pintoresco y agradable…

La señora gustosamente se ofreció prepararles un caldito y a echarles unas tortillas que a la hora de la cena estuvieran calientes. Los amigos ayudaron en lo que pudieron y cuando todo estuvo en el fuego; la olla y el comal, sentaron en el patio a platicar, a observar la llegada de la noche y a mirar a lo lejos uno que otro relámpago que hacía saber que en otros lugares ya se estaban preparando los primeros aguaceros.

Ya estaba casi todo listo, ya se había “martajado” el maíz para las tortillas, ya habían limpiado los pescaditos, ya se les había quitado la puntita a los shutis, ya se habían lavado bien las pigüitas, en fin, ya estaba todo. Sólo quedaba esperar a que estuviera cocido el caldo y las tortillas en el tol (tole). Mientras, los tragos de tequila se hicieron más frecuentes y la sal fue saboreada cada vez más en el dorso de la mano.

Como a las siete de la noche ya estaba todo listo, se dispusieron a cenar, dieron los últimos sorbos al tequila y atoraron la botella en el corral…

La señora también se sirvió su buena porción y todos cenaron aquella rica cena producto de un paseo de la tarde…

Ya habiendo terminado se sentaron sobre unos bancos rústicos, sobre unos trozos de madera rolliza, para observar la salida de la luna. Poco a poco se fueron iluminando los cerros más altos: los ocotales proyectaron sus sombras en la ladera y el camino se fue mostrando cada vez más; los grillos dejaron oír sus nocturnos chirridos y el “tapacamino” volaba de tramo en tramo a lo largo del camino real, revoloteaba de vez en cuando sobre el patio de aquella casita, hogar de la anciana bondadosa. El “tapacamino” insistía con su canto nocturno —“Caballero”, “Caballero”, “Caballero”… Algunos dicen que el pájaro no canta si no que reclama su vestido; pues dicen que dice: “Mi vestido”, “Mi vestido”, “Mi vestido”. Otros opinan que el “tapacamino” grita: “Judío”, “Judío”, “Judío”. Pues de esta ave “Chotacabra” o especie de “Chotacabras” solamente se escucha su lamento dos o tres semanas antes de la Semana Santa y una semana después. Durante el resto del año ya no vuelve a verse, pues se esconde en lo más obscuro de los matorrales y talvez sólo salga en las noches para cazar algún insecto.

Los amigos de Lacho platicaban animadamente y solo esperaban que aquella viejecita cerrara la puerta de su casa para que ellos le desearan las buenas noches y se encaminaran rumbo a sus hogares.

En la olla de barro, en donde se había cocinado el caldo, había quedado una pequeña porción de éste y al querer lavarla, la señora se dio cuenta de que había quedado, en el fondo, una pigüita (camarón de río) y dijo entonces a los señores:

—Miren, aquí quedó un camaroncito.
—Ya tírelo, -dijo uno de los amigos de Lacho-.
—Cómaselo usted, -dijo otro-.
—Ay no, ya no quiero, cené mucho, -respondió la señora-.

Con mucho cuidado, y dándole toda la importancia, empezó a saborear aquel crustáceo que se había escapado del rito de la cena. Aquel compañero de aventura de Lacho chupaba cuidadosamente cada parte de aquel animalito… De repente se dio cuenta de que en la cabeza de aquel langostino de río había tres piedritas, al notarlas y observar su tamaño pensó que no eran arenas o piedritas de río que por falta de aseo habían quedado ahí. Se las guardó en su bolsillo, no sin antes envolverlas en un papelito y comentar con sus amigos aquel raro hallazgo. Los otros no le dieron importancia y se despidieron de la señora, se encaminaron hacia sus domicilios y ya en el camino real fueron acompañados por el “Tapacamino”.

Las tres piedritas tenían forma irregular, eran de un color café metálico; brillaban un poco cuando eran expuestas a los rayos del Sol...

Cuentan las viejas murmuraciones que, aquel amigo de Lacho quien encontró las tres piedritas y las guardó en su bolsillo, a partir del hallazgo de aquella plenilúnica y agoguera noche, fue asediado por mujeres de distintas edades: Chamacas, muchachas, señoras y señoritas que a todas partes le solicitaban su compañía y que ellas lo aceptaban tal como era…

La esposa de este amigo –de Lacho- empezó a sufrir mucho. Aunque se esposo no quisiera era solicitado en todo: por las mujeres, en los negocios y aunque él era sincero y honesto con su esposa siempre había problemas en su hogar por los celos de ella.

No tardó mucho tiempo en saber la señora, la causa de la suerte de su esposo, pues aunque éste tenía precaución en cambiar de bolsillo las piedritas cada vez que renovaba su muda, su pantalón… En una ocasión se dio cuenta de que ya no tenía el mismo pegue con las mujeres y que sus negocios ya no iban tan viento en popa. Echó mano a su bolsillo y ni una piedrita sacó, pues la señora ya las había vendido a cierto “soplón”.

Cuentan las viejas referencias que aquellas piedritas no surtieron el mismo efecto y no dieron el mismo resultado y el amuleto hecho de tres piedritas perdió el poder de su magia.

2 comentarios:

Dr JJ Estrada dijo...

Bonita historia, como siempre, ese lacho ya es famoso... Existe o es un personaje tuyo? Y también existe el tal tágano? o es imaginario?? jajaja.

SALUDOS Y BUEN POST.

Eduardo Robles Pacheco dijo...

Dr JJ Estrada:

Gracias Doc. No sé qué tan famoso sea "Lacho", pero de que existe, existe; es mi Padre †. Y tágano, es un gran amigo, compañero de la maestría y colega de profesión.


Gracias por tu comentario Doc XD!!

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